viernes, 20 de mayo de 2011

REGATISTAS

 Hace unos años recuerdo que estuve viendo, en una playa del Norte de España, sentado en la arena, cómo un puñado de niños se familiarizaban con el deporte de la vela. Guiados por un monitor, aprendían la técnica para hacer que el viento empujase la embarcación.
No todos los niños eran igual de hábiles, por supuesto. Había quien demostraba una destreza innata. Un talento mayúsculo.
En el amor, ocurre lo mismo que en el campo de regatas. No todos los días sopla el viento –la pasión-, con la misma fuerza. Y, aún así, hay que aprender a navegar en cualquier situación.
Lo que está claro es que, si dos personas persiguen la victoria – o Felicidad-, han de estar comprometidas y compenetradas. Conocerse mutuamente. Y saber, en un momento dado, suplir las carencias que puedan darse sobre la marcha.
En caso contrario, es mejor que busquen otro socio. Otro compañero de embarcación. Porque, si han equivocado la elección, no llegarán a ninguna parte. Incluso, hasta podrían llegar a naufragar.

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