No sé si me merecía aquel regalo. Probablemente no, pero terminó en mis manos. Me la trajo mi prima María un verano que fue a Inglaterra. Al verla en el escaparate, debió pensar que me gustaría.
Al principio, me quedaba grande. Luego, año tras año, la diferencia entre mi cuerpo y la camiseta fue aminorando.
Recuerdo que se me acabó quedando pequeña. Y que mi madre, la hizo trapos...
Me tuve que resignar. Aquella camiseta ya no me servía. Pero, aún después de muchos años, la recuerdo con cariño.
Me tuve que resignar. Aquella camiseta ya no me servía. Pero, aún después de muchos años, la recuerdo con cariño.
Ojalá no se me hubiera quedado pequeña. Ojalá el sol y los lavados no la hubieran desgastado.

Lo más importante es que posiblemente hoy puedes darle un beso en la mejilla a tu prima mientras le coges la mano y recuerdas con ella aquella camiseta que hoy vive en el paraiso de tus recuerdos.
ResponderEliminar